imagotipo

Desde Huatusco

  • Roberto García Justo

DOMINGO DE LECTURA.

(SEGUNDA PARTE)

BENITO RIVERA,  estaba en la plaza de Huatusco vendiendo productos del campo, cuando fue levantado por   soldados para incorporarlo a la lucha armada.

Ya en edad adulta y de escasa preparación, continúa con el  relato que dejo inconcluso el pasado fin de semana: “En esa tarde algunos compañeros durmieron hasta roncar, a media noche escuchamos el grito del centinela y golpes de cuerpos, unos contra otros como si fuera una pelea. Del techo caían fragmentos de cal como si temblara. Sentí un escalofrío, los perros aullaban y los caballos saltaron las trancas para escapar.

Ignorantes de los designios, lejos de rehacernos y confortarnos en Xalapa, aclarando el día nos levantamos como pudimos,  tomamos los alimentos y recibimos la orden de alistarnos para salir, a eso de las siete abandonamos el cuartel de San José. Nos dirigimos a la carretera México-Veracruz, pronto llegamos a la garita, continuamos la marcha hacía Perote o tal vez Tlaxcala. Un veterano nos aconsejó que en tiempo de guerra debe guardarse sigilo, la tropa debe ignorar donde la llevan para evitar las sorpresas del enemigo.

Desde lo alto miré Xalapa, me dio la impresión que era una mancha uniforme, un hacinamiento de casas puestas en declive sobre los flancos del Macuiltepec; sin amor y bajo el influjo de la más completa indiferencia.  Formábamos un batallón de quinientas plazas, la mayoría de bisoños, a falta de una educación marchábamos con mucho temor de morir. No podía ser de otra manera, porque soldado a fuerza no era soldado de verdad. Cuan diferente sería nuestra moral si en vez de leva nos hubieran enseñado las bondades de un ideal,  que reclamara el sacrificio de nuestras vidas.

La tropa mal dormida y medio comida, caminaba sin buena voluntad, un oficial recorrió la línea mandando cortar cartucho y estar prevenidos  al toque del clarín, ya que íbamos a entrar en zona enemiga, conocida como Tlacolulan. Lugar de muchos quiebres y curvas; observamos que estábamos en el fondo de una profunda cañada y los contrarios a los lados, bastaba rodar unos peñascos para acabar con los que recorríamos la parte baja. Íbamos a mitad del cañón, se escucharon estallidos como de pepitas cuando se doran en el comal.  Arreciaron los estruendos,  el del clarín ordenó resistir.   

Habíamos caído en una trampa magistralmente preparada, un fuerte olor a pólvora quemada invadió la hondonada, aullaban los soldados enloquecidos por el fuego, caía a nuestro alrededor los compañeros, se multiplicaron los gritos de dolor, desesperación y angustia,  lamento de las mujeres que perdían a sus Juanes, lloriqueaban los pequeños en medio del infierno. El enemigo comenzó a descender por los flancos, estrechando el cerco, para que cuando esto terminara, pocos prisioneros tomarían, la mayoría  permanecería  muerta.   

Entre cadáveres trataba de abrirme paso, varios compañeros me seguían, un pequeño de dos años lloraba sobre el cuerpo desfallecido de su madre. Oí que alguien me gritó, se nos acabó el parque ¿Qué hacemos¿ le contesté: ¡a bayoneta calada ¡. Emprendimos una lucha desesperada, yo a la cabeza,  avanzamos paso a paso, con arma blanca en  mano,   acuchillando adversarios.  La habilidad de ellos nos hizo comprender que se trataba de un escuadrón con todas las ventajas, bien preparado y dirigido. En cambio nosotros…vergüenza da decirlo.

Después de sufrir como ninguno en la vida, por fin pudimos respirar hondo y gritar: ¡nos salvamos¡. A buena distancia tuvimos que separarnos y cada quién tomó para su ranchería. Al término de  cuatro días de caminar por veredas, montes y ríos, por fin llegué a San José Acazonica, donde mi familia y el pueblo me daban por muerto.  Al recordar las escenas donde involuntariamente me vi involucrado, me  hago las siguientes preguntas: ¿Quiénes eran nuestros enemigos¿ ¿Quiénes éramos nosotros¿ ¿ A dónde íbamos ¿ Cuánta estupidez.  Hoy lo ignoro, solo me queda el recuerdo de que fui soldado de levita.