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Desde Huatusco

  • Roberto García Justo

Ecos de una inmigración

Es meritorio recordar a don Humberto Vázquez Loyo, un personaje conocido en la región, debido a que sus anécdotas son dignas de ser leídas por los que se interesan por la historia regional. Con honestidad relata lo que le contó Carlos Méndez Bonilla. “El 2 de abril del año de 1882, en la hermosa bahía de Nápoles, ante el imponente Vesubio, como testigo de esta odisea, zarpó el primer barco trayendo un numeroso contingente de familias italianas que nunca más volverían a contemplar el suelo nativo. 

Seguramente tristes, pero alentados por la idea de una nueva vida o, simplemente, con la incertidumbre de lo que pudiera depararles el destino. Después de una travesía sin contratiempos, arribaron a las playas veracruzanas, para inmediatamente dirigirse al lugar que previamente les señalara el Gobierno Mexicano. Cabe decir que la iniciativa se gestó durante el periodo del General Díaz, pero culminó siendo presidente el General Manuel González, razón por la que conocemos como La Colonia que lleva su nombre.

Por datos recogidos entre los descendientes de tales familias, sabemos que llegaron por la ruta de Veracruz, a Camarón, hoy Villa Lerdo de Tejada, viajando el resto del trayecto a lomo de mula. El primer sitio donde se aposentaron fue Rincón del Rosario. Sus primeros trabajos parece que fueron la manufactura de carbón de leña, gracias a los enormes bosques que poblaban la zona. Este producto lo vendían en Huatusco, procurándose el primer dinero para la subsistencia.

Son de suponer los sufrimientos y dificultades que tuvieron que enfrentar por la diferencia de idioma, alimento y sobre todo, por encontrarse en una tierra nueva y extraña para ellos. Cuenta Efraín Croda que una de las plagas que más afectaron a los colonos fueron las niguas, que pululaban por millares. No pudo precisar los nombres de algunos infelices que al tenderse en el suelo para dormir, se le introdujeron en los oídos, produciéndoles una muerte terrible y desesperada.

En la casa del amigo Luis Tress, propietario del rancho “El Tigre”, una de las personas más amables y generosas que he conocido, tuve el gusto de que su hijo Evaristo me mostrara el contrato elaborado por el Gobierno de la República, por medio del cual, se obtuvieron las tierras. Este documento que además de único, es la historia misma de la inmigración. Describe en letra manuscrita los enseres, semovientes, pagos y detalles de organización, pues no se trató de un regalo, sino de una venta, eso sí, con grandes ventajas para los compradores, pero venta al fin.

Los primeros trabajos arduos, penosos y un tanto trágicos por tratarse de una región selvática, comenzaron con los desmontes para poder cultivar. Primero maíz como elemento indispensable, legumbres y posteriormente café. En algunos ranchos pueden verse aún las rudimentarias y primitivas despulpadoras de madera. Molinos de piedra para triturar el maíz que convertido en finísima harina, servía para confeccionar la rica y nutritiva polenta, alimento que junto con la menestra, y la mortadela formaron el sustento básico de estos pioneros.   

Con el ardor y el tesón de los europeos, se construyen la primeras casas, toscas, pero fuertes y seguras. Consecuentemente, por tratarse de una raza muy católica, surge el primer templo en Rincón del Rosario, construido por iniciativa de don Luis Demeneghi y lógicamente con el apoyo de los colonos. Se integran granjas familiares que después van formando las congregaciones de Zentla, El Olvido, El Ocote y muchas más. Algunos, con mayor intuición construyen casas enormes que casi tienen el aspecto de feudos por el orden que establecen en ellas sus propietarios. Dos de ellas me parece que son “El Refugio” en terrenos del Olvido y “La Reforma” en Zentla. De ahí empieza una nueva vida.