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Se solicita muchacha | Hojas de papel volando

  • Joel Hernández Santiago
  • en Cultura

C
aminan por la casa como si no existieran; como si quisieran no ser notadas, o vistas, aunque de pronto son ‘la dueña de la casa’ y nos gritan “¡No me ensucien ahí que acabo de limpiar!”… ‘¡No hagan eso!”. “¡Ya van a hacer su tiradero otra vez!”… Y cuando esto es así ya se adueñaron de la casa, de nuestra voluntad y nuestro destino. Ellas son “la empleada de servicio” o “la criada” como se decía antes. Y se vuelven indispensables-necesarias-María Auxiliadora de todos los Ángeles.

Un día llegan a la casa. “Me la recomendó fulanita”… Y otro día, así como llegaron, se van y nos dejan indefensos-solitarios-atarantados y sin saber qué hacer, porque uno se vuelve atenido y vaquetón: todo lo hacía ella…

Sol de Cordoba:

… Son el ojo secreto de nuestras privacidades; son el eje que mueve montañas para encontrar lo que un día “no sé dónde lo dejé”… Nuestros muebles, nuestros pisos, nuestras puertas y ventanas, los postigos, el patiecito ‘de atrás’ y todo ahí, a su paso, se mira rebosante de limpio y esplendoroso…

Es “la muchacha”; “la chacha”; “la criada”; “la gata”; “la mucama”; “la famuya”; “la doncella”; “la ministra del interior”; “la chica que me ayuda”… Todo eso son las mujeres que cuidan y limpian lo que Tito Monterroso denomina: “nuestras porfiadas miserias”:

“…se meten a las casas, husmean, escarban, se asoman a los abismos de nuestros mezquinos secretos leyendo en los restos de las tazas de café o de las copas de vino, en las colillas, o sencillamente introduciendo sus miradas furtivas y sus ávidas manos en los armarios, debajo de las almohadas, o recogiendo los pedacitos de los papeles rotos y el eco de nuestros pleitos, en tanto sacuden y barren nuestras porfiadas miserias y las sobras de nuestros odios…”.

Se sabe que están ahí porque desde la cocina, muy temprano, se escucha el ruido de trastes que son puestos en su lugar; el paso de su escoba por el patio de la casa que no es particular; el agua que riega amorosa las plantas porque ahí ellas se recuperan a la vista mínima del campo que dejaron atrás, mientras que ya se percibe el aromático café que preparan y que estará listo mientras uno llega a la mesa quitándose las lagañas y ‘en fachas’, ‘al fin que es de confianza’.

Muchas son mujeres que vienen de sus pueblos y llegan a las grandes capitales del país al llamado intenso e indecoroso del anuncio que clama: “Se solicita muchacha”. También las hay que viven en zonas urbanas, aquí o allá, dispersas…

Antes no era igual. Antes, cuando los perros se amarraban con longaniza y no se la comían, llegaban muy pequeñas a las casas de señores ricos del lugar: apenas unas niñas a quienes la madre o el padre entregaba para ‘ayudar a la señora de la casa’ y esta ‘señora de la casa’ se encargaba de criarla, de formarla, de darle los elementos archibásicos para que se pudiera valer por sí misma, en la misma casa por supuesto; por eso eran las ‘criadas’, porque ahí se criaban…

Luego ya pasaron a ser “la muchacha” de la casa, que corre por todos lados para darse a vasto con todo el trabajal que la señora le asigna. Y esta ‘muchacha’ busca granjearse ‘a los patrones’ haciendo todo de forma rápida y bien hecho; lo mismo ir al mercado por el mandado que a la tintorería por la ropa del señor, que a comprar los dulces de los niños que se emberrinchan si no los tienen a la mano, que planchar, lavar, cocinar y lavar los trastes… ya con los pies hinchados.

Y su día de salida casi siempre es el domingo. Que es el día en el que se arreglan, se peinan, se decoran y salen olorosas a gardenias y a ‘rosas en la cara y jazmines en el pelo’. Van por ahí. Guapas. Hermosos. Inigualables: Nadie sabe a dónde, pero se van y sí volverán por la noche, exhaustas y felices…

Las cosas cambian como si nada cambiara. ‘Las muchachas’, hoy, trabajan para casas o familias nada linajudas y ni siquiera burguesas. Digamos que en su mayoría es un trabajo para familias que tienen ‘cosas que hacer’ o trabajan y necesitan la ayuda doméstica y regatean a la hora de la pagada porque: “me sale muy caro”; “cuida esto o lo otro, no lo malgastes”; “si rompes algo te lo descuento…”

Y cada vez más se trabaja por semana, por día o por hora.

Según cifras oficiales, en México 2.45 millones de personas se dedican al trabajo del hogar (INEGI). De ellas el 90% son mujeres que se ocupan del servicio doméstico, o de cuidar a niños o ancianos; el resto son hombres que hacen labores de servicio doméstico en tareas como vigilancia, chofer, jardinería…

Y para el trabajo doméstico no hay reglas claras ni chocolate espeso: con mucha frecuencia trabajan hasta doce horas sin derechos laborales ni seguridad social, sin contrato, sin garantías de ninguna especia y sin posibilidad de ahorro.

Casi todos los arreglos laboral-domésticos son en directo: “de planta”, por días o por horas, y los sueldos varían: el promedio en las ciudades es de 4,400 mensuales, aunque con frecuencia se les paga menos.

Según el Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación (Copred) tan sólo en el caso de la CdMx dice que hay discriminación social y patronal porque las sirvientas: “no tienen educación (13.4%) por ser de nivel bajo (12.3%) y por tanto las tratan mal, las hacen menos, las insultan y con frecuencia integrantes de la familia las agreden y en casos se llega al abuso sexual.

“Héctor, quién lo viera ahora … Pero en aquella época: sirvientas que huían porque ‘el joven’ trataba de violarlas (guiado por la divisa de su pandilla: ‘Carne de gata, buena y barata’. Héctor irrumpía a medianoche, desnudo y erecto, enloquecido por sus novelitas, en el cuarto de la azotea; forcejeaba con las muchachas (…) los gritos despertaban a mis padres; subían; mis hermanas y yo observábamos todo agazapados en la escalera de caracol; regañaban a Héctor, amenazaban con echarlo de la casa y a esas horas despedían a la criada, aún más culpable que ‘el joven’ por andar provocándolo)” [“
Las batallas en el desierto
”, José Emilio Pacheco]

Según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), al terminar 2017 el promedio de edad de los trabajadores domésticos es de 43 años. En lo que se refiere al nivel educativo; el 19.6% no cuentan con la primaria; tres de cada 10 trabajadores concluyeron la primaria y el 37.7% terminó la secundaria. En el caso de quienes cuidan niños y ancianos, 1 de cada 4 cuenta con nivel educativo equivalente a bachillerato e incluso superior.

Y luego: ‘El nivel de percepciones para el trabajo doméstico es bajo. El 74% de los hombres reciben hasta tres salarios mínimos, aproximadamente 6,600 pesos al mes; ocho de cada 10 mujeres reciben hasta dos salarios mínimos como contraprestación, es decir, 4,400 pesos mensuales… Además, el 96% de los trabajadores domésticos no gozan de las prestaciones de seguridad social.

Pero ahí están. Y trabajan de sol a sol cuando cumpliendo minuto a minuto sin tregua ni descanso si es por día o si es por horas, esto cada vez más frecuente: “una vez a la semana, es que casi no ensuciamos nada”…

Por supuesto, el factor humano es eso: factor humano, y algunas veces rosita fresita se convierte en Malévola. Es así y ha sido así. Como también hay las ‘patronas’ inaguantables, sospechosistas, celosonas y mentirosas o agresivas.

En “
Las criadas
” de Jean Genet, una de sus obras cumbre, el autor recupera una historia real ocurrida en Francia, y la lleva hasta el punto de contradicción humana y extremo vital:

Esencialmente es así: Ausente la dueña de la casa, Clara y Solange, sus criadas, utilizan los vestidos de la señora intercambiándose continuamente los papeles. Se sirven mutuamente, se odian, luchan con sus pasiones escondidas, se acusan, se insultan, se censuran, se aman, se comprenden, se encubren, en un clima siempre de tensión y de rivalidad.

Acaban tramando la muerte de la señora y preparan un veneno para cuando ésta llegue. Finalmente por pura casualidad la señora no lo toma. Pero Clara, dispuesta a encarnar a la señora hasta las últimas consecuencias, acaba por beberse la taza de tila a sabiendas de que al hacerlo va a morir. Esto ocurre en los últimos compases de la obra mientras Solange se debate entre la sorpresa y la admiración, entre la incredulidad y un miedo inefable.

Pero no. No es así la historia cotidiana. Son 2.2 millones de mujeres que en México trabajan ‘en casa’. Hacen todo y se ponen la camiseta de la casa para ser parte de ella, para comprometerse y para sacar adelante a una familia que no es su familia, a una casa que no es su casa, y consejera familiar de una familia que no es su familia: y todo para llevar algo a su propia casa, a su hogar, a su familia y a su destino.

El 23 de agosto del año pasado, se firmó el primer contrato colectivo para trabajadoras del hogar en México. Esto luego de dos años de que se formó el Sindicato Nacional de Trabajadores y Trabajadoras del Hogar. El documento contiene los principios básicos laborales y establece desde categorías, prestaciones y tabulador salarial para este sector en el que se encuentran 2.48 millones de trabajadoras, de las que 800 están afiliadas a este organismo laboral.

Y ahí están ellas, en nuestro día a día; mirando con avidez que todo esté bien, que nada falte, que todo esté en su lugar, que nada ni nadie macule su esfuerzo…

… Están ahí porque les pedimos-les rogamos que no nos dejen, que no nos abandonen, que tengan fortaleza con nuestras ‘porfiadas miserias’ y que entonen arrobadas, cada mañana, como siempre, con todas sus letras, con toda su honra y con todo el respeto que nos merecen por siempre y para siempre en esta casa que es su casa:

“Amorcito corazón, yo tengo tentación de un beso… tururururúuuuu”

jhsantiago@prodigy.net.mx

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