/ jueves 10 de septiembre de 2020

"Pisé el acelerador para estrellarme"... pero se salvó

El suicidio es la segunda causa de muerte en México

Córdoba, Ver.- La necesidad de dormir y no despertar, el sentir que hacen daño a sus familiares y amigos, la ansiedad, depresión y angustia son algunos de los motivos que detonan a una persona en atentar contra su vida, tal es el caso de Julio y Liz, quienes nos cuentan sus experiencias en el marco del Día Mundial de la Prevención al Suicidio.

De acuerdo con las cifras del Instituto Nacional de Estadísticas y Geografía (INEGI) el suicidio es la segunda causa de muerte en México y en el 2017, el sector entre los 20 a 24 años ocupan la tasa más alta de suicidio en el país: 9.3 por cada 100 mil jóvenes. Además, el riesgo para los hombres de ese grupo es mayor puesto que su tasa es de 15.1 por cada 100 mil..

Por ello la importancia de buscar ayuda antes de que ocurra lo peor el grupo de Neuróticos Anónimos sabe la gravedad del problema y continuamente realizan campañas para dar a conocer los números de la agrupación en donde sin costo ayudan a las personas que atraviesan por estas crisis.

En medio de esta situación de muerte Julio y Liz pensaron que el morirse era una opción para acabar con el dolor que sentían al no ser aceptados, queridos o tomados en cuenta en un entorno familiar, de amistad y social, sin embargo llegaron hasta el grupo “Buena Voluntad” en donde continúan con su terapia.

El testimonio de Julio refleja la angustia, el miedo y la no aceptación por sus preferencias sexuales lo que le causó conflicto al no poder hablar del tema, hasta caer en un mundo “negro” donde su única salida era morir.

“Era un tema que no se podía tocar, yo sentí vergüenza con amigos y familiares, este sentimiento fue creciendo, hasta el punto en que un día sin pensarlo pisé el acelerador del auto y quise estrellarme, acabar con la agonía, sin embargo no morí pero si me fui por el camino el peligro, el alcohol y los estupefacientes”, narró.

Llevando una vida acelerada, en la que el efecto embriagante le apartaba de la realidad por unos instantes, las ganas de morir se esfumaban, por el contrario esa vida le incitaba a conocer drogas y caer hasta tocar fondo.

Foto: Jaime Ramírez | El Sol de Córdoba

Sin embargo alguien llegó a su vida y le pidió que tomara terapia, que entrara al grupo, rehusándose de primera instancia pero al final accedió.

“Llegue al grupo porque una persona que quiero mucho me dijo que lo intentará y accedí con la mentalidad que sería la última cosa que haría y pues así me di la oportunidad y acá sigo”, explicó.

Un segundo testimonio fue narrado por Liz, ella desde los 6 años sentía que no era querida por su mamá y sus hermanas, no podía reír con facilidad como las personas que la rodeaban.

“Siendo una niña tomé pastillas que mi mamá daba a mis hermanas cuando éstas se enfermaban, las tomaba con la idea de morir, pero estas únicamente me daban sueño, cuando me las tomaba sentía paz y me despedía del mundo, pero al pasar el efecto despertaba y eso me causaba decepción, estrés y tristeza”, narró.

En su adolescencia volvió a intentar quitarse la vida, cuando tenía 18 en una pelea con su novio volvió a recurrir a las pastillas y frente a él ingirió las píldoras, lo que ocasionó que terminara en un hospital le realizaron un lavado de estómago y la enviaron al psiquiátrico y tratamiento psicológico.

Una de las últimas ocasiones que intentó acabar con su vida, por su mente pasó el aventarse del Puente de Metlac, sin embargo al leer que una persona se arrojó y vivió, desertó de la idea pues no quería quedar con algún problema físico o de salud permanente.

Hoy, ella también forma parte del grupo de ayuda de Neuróticos Anónimos, siendo que al principio dudo que unas “personas locas” la fuera ayudar y fueron ellas quienes la escucharon y entendieron significando para Liz un alivio en su vida pues ya nunca más se sintió sola.

“Me preguntaban cómo estaba, cómo me sentía, me mostraron su cariño y eso es lo que yo buscaba desde que era niña, yo nunca fui de cuadro de honor, sentía que mi mamá no me quería y eso me hacía más daño”, comentó.

Ilustración : Jonathan Hernández

El grupo de Neuróticos Anónimos, atienden diariamente de una a dos llamadas de personas que platican su sentir ahora siendo también atendidos los menores de edad y adolescentes. Debido a la pandemia las sesiones son mediante zoom, pero la atención telefónica continua a los números 71-2-80-42, 71-2-36-35, 71-6-39-49 en Córdoba y 72-1-55-38 en Orizaba.

Córdoba, Ver.- La necesidad de dormir y no despertar, el sentir que hacen daño a sus familiares y amigos, la ansiedad, depresión y angustia son algunos de los motivos que detonan a una persona en atentar contra su vida, tal es el caso de Julio y Liz, quienes nos cuentan sus experiencias en el marco del Día Mundial de la Prevención al Suicidio.

De acuerdo con las cifras del Instituto Nacional de Estadísticas y Geografía (INEGI) el suicidio es la segunda causa de muerte en México y en el 2017, el sector entre los 20 a 24 años ocupan la tasa más alta de suicidio en el país: 9.3 por cada 100 mil jóvenes. Además, el riesgo para los hombres de ese grupo es mayor puesto que su tasa es de 15.1 por cada 100 mil..

Por ello la importancia de buscar ayuda antes de que ocurra lo peor el grupo de Neuróticos Anónimos sabe la gravedad del problema y continuamente realizan campañas para dar a conocer los números de la agrupación en donde sin costo ayudan a las personas que atraviesan por estas crisis.

En medio de esta situación de muerte Julio y Liz pensaron que el morirse era una opción para acabar con el dolor que sentían al no ser aceptados, queridos o tomados en cuenta en un entorno familiar, de amistad y social, sin embargo llegaron hasta el grupo “Buena Voluntad” en donde continúan con su terapia.

El testimonio de Julio refleja la angustia, el miedo y la no aceptación por sus preferencias sexuales lo que le causó conflicto al no poder hablar del tema, hasta caer en un mundo “negro” donde su única salida era morir.

“Era un tema que no se podía tocar, yo sentí vergüenza con amigos y familiares, este sentimiento fue creciendo, hasta el punto en que un día sin pensarlo pisé el acelerador del auto y quise estrellarme, acabar con la agonía, sin embargo no morí pero si me fui por el camino el peligro, el alcohol y los estupefacientes”, narró.

Llevando una vida acelerada, en la que el efecto embriagante le apartaba de la realidad por unos instantes, las ganas de morir se esfumaban, por el contrario esa vida le incitaba a conocer drogas y caer hasta tocar fondo.

Foto: Jaime Ramírez | El Sol de Córdoba

Sin embargo alguien llegó a su vida y le pidió que tomara terapia, que entrara al grupo, rehusándose de primera instancia pero al final accedió.

“Llegue al grupo porque una persona que quiero mucho me dijo que lo intentará y accedí con la mentalidad que sería la última cosa que haría y pues así me di la oportunidad y acá sigo”, explicó.

Un segundo testimonio fue narrado por Liz, ella desde los 6 años sentía que no era querida por su mamá y sus hermanas, no podía reír con facilidad como las personas que la rodeaban.

“Siendo una niña tomé pastillas que mi mamá daba a mis hermanas cuando éstas se enfermaban, las tomaba con la idea de morir, pero estas únicamente me daban sueño, cuando me las tomaba sentía paz y me despedía del mundo, pero al pasar el efecto despertaba y eso me causaba decepción, estrés y tristeza”, narró.

En su adolescencia volvió a intentar quitarse la vida, cuando tenía 18 en una pelea con su novio volvió a recurrir a las pastillas y frente a él ingirió las píldoras, lo que ocasionó que terminara en un hospital le realizaron un lavado de estómago y la enviaron al psiquiátrico y tratamiento psicológico.

Una de las últimas ocasiones que intentó acabar con su vida, por su mente pasó el aventarse del Puente de Metlac, sin embargo al leer que una persona se arrojó y vivió, desertó de la idea pues no quería quedar con algún problema físico o de salud permanente.

Hoy, ella también forma parte del grupo de ayuda de Neuróticos Anónimos, siendo que al principio dudo que unas “personas locas” la fuera ayudar y fueron ellas quienes la escucharon y entendieron significando para Liz un alivio en su vida pues ya nunca más se sintió sola.

“Me preguntaban cómo estaba, cómo me sentía, me mostraron su cariño y eso es lo que yo buscaba desde que era niña, yo nunca fui de cuadro de honor, sentía que mi mamá no me quería y eso me hacía más daño”, comentó.

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