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Ocho años de la tragedia de Villas de Salvárcar

  • Por Margarita Solano
  • en México

Hasta el 30 de enero de 2010, Villas de Salvárcar era una colonia común al oriente de Ciudad Juárez. 24 horas más tarde, los buscadores de internet le agregaron nombre propio: La Masacre de Villas de Salvárcar. Allí, al interior de varias casas donde 60 jóvenes convivían tras el triunfo de un partido de fútbol americano, fueron asesinados 16. Rodrigo Cadena tenía 17 años.

A la medianoche de ese sábado, el matrimonio Cadena supo de Rodrigo. Sería la última conversación entre padre-hijo.

—Hola papá.

¿Cómo estás hijo?

—Bien, bien.

¿A ver hazme un cuatro? lo reta el padre por el auricular. Al fondo se escuchan risas amistosas que se carcajean al mirar a Rodrigo sosteniendo el equilibrio con una pierna en el pavimento y la otra recogida a la altura de la rodilla como si papá lo estuviera viendo.

¿Qué habrá pasado? se preguntan los Cadena después de recibir la segunda llamada de la noche. La mamá de otro chico del equipo de fútbol americano les pide que lleguen rápido a Villas de Salvárcar porque “algo pasó” y fin de la llamada. Lupe, mamá de Rodrigo, se sube al auto de un brinco. En la espalda el aire helado de diciembre le hace pensar lo peor.

Todo es confusión y caos cuando 20 patrullas prenden al tiempo la sirena y las luces rojas y azules encandilan las pupilas. La calle Villas de Paloma donde transcurría la fiesta, estaba acordonaba con esa cinta amarilla que todos ubicamos en una escena del crimen. Lupe corrió con la fuerza de una mamá desesperada que busca respuestas y la encontró a tres metros. “Entraron unos hombres y le dispararon a Rodrigo”, confirma una madre a otra, se caen al piso.

Una ráfaga de disparos alcanzó a 14 personas esa noche. La mayoría jóvenes de entre 15 y 17 años. Algunos perdieron la vida intentando saltar una pared para esquivar las balas.

Tendidos en el suelo con un tiro de gracia, perdieron la vida: Rodrigo Cadena, José Luis Aguilar, Horacio Soto, los hermanos Marcos y José Luis Piña, José Adrián Encinas, Jesús Armando Segovia, Brenda Escamilla, Juan Carlos Medrano, Carlos Lucio y cuatro padres de familia.

Las autoridades municipales encontraron 89 casquillos de bala en la escena del crimen donde un comando armado de 15 hombres en cuatro camionetas, llegó a la colonia Villas de Salvárcar y bloquearon el acceso a la calle Villas de la Paloma buscando a sus rivales los Artistas Asesinos, ligados al Cártel de Sinaloa. Pero no, no eran ellos, eran jóvenes de bien que celebraban una victoria deportiva.

El error fracturó la vida de una ciudad que se resiste a ser recordada como la más violenta del mundo.

Rodrigo tenía 17 años ocho meses y en su último cumpleaños aparece untado de pastel en la nariz. Cursaba último año de preparatoria, tenía los brazos fuertes, fornidos, como todo un jugador de fútbol americano. Entrenaba en las noches con el equipo Jaguares, el mismo que quedó campeón en su categoría derrotando a los Borregos del Tec de Monterrey, que no era cosa menor en la gesta deportiva. Cuando no entrenaba, Rodrigo iba con su equipo a sacarle sonrisas a los ancianos en los asilos o a los niños enfermos de leucemia. En abril del 2018 Cadena cumpliría 25 años y sus tres hermanos estarían planeando a dónde irse de vacaciones.

—El día que te mueras lo que más voy a extrañar de ti son tus huevos con jamón mamá. Dijo Rodrigo a Lupe Cadena esa mañana helada de diciembre sentado a desayunar.

 

JAGUARES, JÓVENES DE BIEN

Fernando tiene los brazos fuertes y junto a su esternón extendido, podría pasar por un fisiculturista. Su físico es el resultado de varias horas a la semana entrenando fútbol americano de la mano de su papá, el coach de los Jaguares, el equipo que integraba Rodrigo Cadena antes de morir.

Se define como un hombre católico. Cuando ocurrió la masacre, Fernando dirigía un grupo de jóvenes en la iglesia local donde quería reforzar la solidaridad, el perdón, sanar las heridas de padres destrozados, arrancar el odio de corazones envenenados. 24 horas después del multihomicidio, hizo un rezo especial en nombre de los catorce muchachos que perdieron la vida la noche anterior. Rodrigo era especial para él. Estudiaba con su hermano menor, iban juntos al gimnasio a entrenar, visitaba la casa para hacer tareas, le apasionaba el fútbol americano. Todo eso pasó por su mente cuando se enteró de la tragedia.

Han pasado siete años de la masacre de Villas de Salvárcar. Antes de trabajar en la casa naranja con verde donde hoy tiene su oficina, Fernando tuvo una oferta de trabajo más ambiciosa, quizás mejor remunerada. Le pedían dirigir un grupo de jóvenes capacitadores en Tamaulipas, Chihuahua, Coahuila. Pudo aceptar la oferta, pero al final quiso ir de la mano con Lupe Cadena, mamá de Rodrigo, para comenzar de cero la construcción de una asociación civil que busca recomponer el tejido social de Ciudad Juárez, una ciudad golpeada por la violencia.

Un joven toca la puerta con dos botellas de agua.

Delgado, veinteañero, brazos firmes por el ejercicio. Es el hermano menor de Fernando, que hoy tiene 25 años, la misma edad que tendría su amigo Rodrigo Cadena si la delincuencia organizada no lo hubiera confundido con un enemigo de un grupo armado que jamás conoció.

“Mi hermano iba ir a esa fiesta pero a último momento mi papá no lo dejó ir, recuerdo todavía ese pleito en casa”.

Cuando sucedió la masacre, Fernando pensó que no podía sentarse a esperar a que mataran a su hermano para hacer algo por lo jóvenes de su localidad.

Dirigido e inspirado por Lupe Cadena, él y un grupo de 30 jóvenes rescataron una casa donde hoy funciona Jaguares, Jóvenes de Bien. Con brochas, cubetas, pintura donada o comprada con colectas vecinales, lograron pintar, reconstruir, tapar los huecos, remodelar baños de una vivienda dada en comodato por unas monjas que les pidieron recuperar la casona a cambio de quedarse con ella.

Desde allí, el muchacho dirige una A.C. que busca llevar talleres, charlas y capacitaciones de prevención, sexualidad y actividad física a escuelas ubicadas en zonas marginales de la ciudad fronteriza. La idea llegó después del asesinato de Rodrigo, de una mamá que clamaba justicia pero que no estaba dispuesta a cruzarse de brazos, de un coach de fútbol americano que inculca valentía, disciplina, perseverancia en sus alumnos. Y aquí están, a siete años de una tragedia que dio paso a una bocanada de aire fresco en tiempos de luto.

Un pizarrón blanco con letras verdes, muestra un calendario de actividades con fechas, interrogantes, voluntarios. Una de ellos se llama Familia, es un programa apoyado por sicólogos y nutriólogos que consiste en realizar encuentros, dinámicas, pláticas y convivencia entre padres e hijos de los equipos deportivos. Aunque Fernando reconoce que falta mucho por hacer, 500 familias se han beneficiado de este espacio que les permite acercarse a sus hijos por medio del deporte.

Pero hay más. Jaguares, jóvenes de bien, busca darle empleo a los jóvenes por medio de trabajos temporales que ayuden a la economía familiar. De la mano del sector público y privado, jóvenes mayores de 18 años pintan escuelas, limpian calles y parques, hacen carpintería, jardinería, se ganan la vida. Para los más pequeños, hay actividades deportivas, culturales, artísticas en las escuelas públicas del oriente de la ciudad, cercanas a Villas de Salvárcar.

MOVER LAS PIERNAS

Lupe Cadena viste de luto. Suéter morado, bufanda gris. Sentada en un escritorio viendo pasar las fotos de Rodrigo en vida.

“Esta me la mandó una amiga de él, esta otra también, es que muchos amigos me mandan fotos de Rodrigo todavía y aquí las voy guardando”.

La mamá de otros tres hijos, sonríe al ver la nariz de Rodrigo untada de pastel en su último cumpleaños. Cuando no está aquí, Lupe se reúne con organismos internacionales, consulados, embajadas, asociaciones civiles, autoridades locales, estatales, federales. Intercambian experiencias, busca fondos para ampliar la red de apoyo a los jóvenes, para pintar la casa, para ponerle un baño, para contratar un sicólogo más.

“Hay mucho trabajo por hacer. Tenemos toda una generación de niños víctimas de la violencia, con odio, resentimiento, falta de sensibilidad, muchos de ellos vieron morir ambos padres, son criados por abuelos, por tíos, esos niños necesitan un abrazo”, cuenta sentada en un escritorio.

Faltan doce días para que el calendario marque 30 de enero de 2017, Lupe y Fernando lo saben. La nostalgia invade una oficina pintoresca donde las fotos de los muchachos del fútbol americano inspiran a seguir.

¿Qué significa 30 de enero? Lupe mueve las piernas debajo de la mesa, las abre, las cierra.

“Significa Rodrigo Cadena y el nombre de los jóvenes que partieran junto a él aquel día.  Significa lucha, es el recordar la fecha en que mi hijo partió de la manera más cruel que se le puede quitar la vida a un ser humano pero a la vez significa no olvidar, para que no se vuelva a repetir. Como decía mi hijo con sus amigos deportistas, ‘no dejemos de mover las piernas’. Aquí estoy moviéndolas por él, por los jóvenes como él, 30 de enero es un homenaje a la vida”.

El año pasado Lupe vio a Rodrigo en un niño de siete años vestido de futbolista americano. Meses atrás, un papá le pidió la foto de Rodrigo para mostrarle en el campo de fútbol a un joven tan parecido al difunto, que por minutos creyó verlo correr detrás del balón. “Son esos ángeles que Dios me envía de alguna manera, son esas caricias al alma que nos da a través de los niños, de los que se parecen a él y los que ayudo por él.

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