/ domingo 10 de marzo de 2024

Compasión sin compasión 

Relatos dominicales

La compasión, me dijo un día la maestra Lidia Ábrego, debajo de un almendro en la Escuela “Adolfo López Mateos” del puerto de Veracruz, “es un sentimiento de pena, de ternura y de identificación ante los males de alguien”. Creo, añadió, que, aunque los animales, por instinto, pueden expresar este sentimiento, en acciones de solidaridad a la manada, es propio del ser humano. Su antónimo es la “impiedad” o la “insensibilidad”, concluyó ese día, al verme interesado en las palabras.

Por eso, cuando la maestra Ángeles —años más tarde en Xalapa— nos contó que se había salvado del cáncer y que ahora, en solidaridad, haría colectas de PediaSure para niños y niñas en esa condición —una bebida nutricional que ayuda a los infantes que no pueden conseguir todo lo que necesitan en su alimentación— a todos nos dio compasión, le creímos y cada vez que pedía una cooperación en especie pasaba, según fuera el día de quincena, por una lata de 791 pesos, una de 398 o un frasquito de 60.99.

Lo hice durante muchos meses hasta que fui testigo de algo que me cimbró. Fue el día que “Solovino” llegó al patio de la escuela. Era un perro bonito. Se veía fuerte, con pelaje limpio. Las niñas y los niños se acercaban a tocarlo. Era manso. Movía la cola. ¿De quién es?, preguntaban. Nadie sabía nada. Algunos le acercaron vasitos con agua; otros le dieron pedazos de sándwich o de quesadillas. El perro estaba hambriento. Estuvo toda la mañana en el colegio, hasta que la directora dio la orden: ¡sáquenlo!

En la calle, el perro no sabía qué hacer; corría para un lado, corría para el otro. Era un día de esos muy calurosos. El pavimento ardía. Algunos padres de familia me contaron que lo vieron intentar meterse al parque de Los Tecajetes, pero lo corrieron. Caminó por Ávila Camacho, esquivando los carros, luego subió por Altamirano y finalmente regresó a las puertas del Colegio, donde Ana Cristina me pidió que lo lleváramos a la perrera municipal.

—¿Por qué no hizo eso la directora? ¿Por qué no pidió a uno de sus auxiliares que llamara a Salud animal municipal y le dieran la atención que este perrito necesitaba?, le pregunté al hombre de la puerta. No, me contestó, sólo pidió que lo corriéramos de aquí. Al final, varios padres de familia acordamos resguardarlo con las autoridades para que le dieran atención.

Los perros, pensé ese día, son como ángeles y recordé al perro de Tobías en los relatos hebreos del Antiguo Testamento bíblico. Sienten, piensan y hasta creo que tienen cierto nivel de conciencia. Además, su fidelidad está a prueba de todo. Un día que me enfermé, me dijo uno de los padres ahí presentes, mi labrador estuvo conmigo en todo momento; se entristeció, en los días más delicados aullaba al lado de mi cama. Su lamento era como un grito de auxilio, como una oración, me dijo.

Ese jueves caluroso de “Solovino” en la escuela de mi hija, seguí aprendiendo de la solidaridad hacia los animales. Creo que seguiré llevando PediaSure pero ya no a esa maestra que “se alza el cuello” con quién sabe quién. Los llevaré directo a Cáritas, en la calle de Altamirano o a la organización Ayúdame Hermano Tengo Cáncer (AHTECA), allá por el Macuiltépetl, porque esa maestra definitivamente me decepcionó.

Relatos dominicales

La compasión, me dijo un día la maestra Lidia Ábrego, debajo de un almendro en la Escuela “Adolfo López Mateos” del puerto de Veracruz, “es un sentimiento de pena, de ternura y de identificación ante los males de alguien”. Creo, añadió, que, aunque los animales, por instinto, pueden expresar este sentimiento, en acciones de solidaridad a la manada, es propio del ser humano. Su antónimo es la “impiedad” o la “insensibilidad”, concluyó ese día, al verme interesado en las palabras.

Por eso, cuando la maestra Ángeles —años más tarde en Xalapa— nos contó que se había salvado del cáncer y que ahora, en solidaridad, haría colectas de PediaSure para niños y niñas en esa condición —una bebida nutricional que ayuda a los infantes que no pueden conseguir todo lo que necesitan en su alimentación— a todos nos dio compasión, le creímos y cada vez que pedía una cooperación en especie pasaba, según fuera el día de quincena, por una lata de 791 pesos, una de 398 o un frasquito de 60.99.

Lo hice durante muchos meses hasta que fui testigo de algo que me cimbró. Fue el día que “Solovino” llegó al patio de la escuela. Era un perro bonito. Se veía fuerte, con pelaje limpio. Las niñas y los niños se acercaban a tocarlo. Era manso. Movía la cola. ¿De quién es?, preguntaban. Nadie sabía nada. Algunos le acercaron vasitos con agua; otros le dieron pedazos de sándwich o de quesadillas. El perro estaba hambriento. Estuvo toda la mañana en el colegio, hasta que la directora dio la orden: ¡sáquenlo!

En la calle, el perro no sabía qué hacer; corría para un lado, corría para el otro. Era un día de esos muy calurosos. El pavimento ardía. Algunos padres de familia me contaron que lo vieron intentar meterse al parque de Los Tecajetes, pero lo corrieron. Caminó por Ávila Camacho, esquivando los carros, luego subió por Altamirano y finalmente regresó a las puertas del Colegio, donde Ana Cristina me pidió que lo lleváramos a la perrera municipal.

—¿Por qué no hizo eso la directora? ¿Por qué no pidió a uno de sus auxiliares que llamara a Salud animal municipal y le dieran la atención que este perrito necesitaba?, le pregunté al hombre de la puerta. No, me contestó, sólo pidió que lo corriéramos de aquí. Al final, varios padres de familia acordamos resguardarlo con las autoridades para que le dieran atención.

Los perros, pensé ese día, son como ángeles y recordé al perro de Tobías en los relatos hebreos del Antiguo Testamento bíblico. Sienten, piensan y hasta creo que tienen cierto nivel de conciencia. Además, su fidelidad está a prueba de todo. Un día que me enfermé, me dijo uno de los padres ahí presentes, mi labrador estuvo conmigo en todo momento; se entristeció, en los días más delicados aullaba al lado de mi cama. Su lamento era como un grito de auxilio, como una oración, me dijo.

Ese jueves caluroso de “Solovino” en la escuela de mi hija, seguí aprendiendo de la solidaridad hacia los animales. Creo que seguiré llevando PediaSure pero ya no a esa maestra que “se alza el cuello” con quién sabe quién. Los llevaré directo a Cáritas, en la calle de Altamirano o a la organización Ayúdame Hermano Tengo Cáncer (AHTECA), allá por el Macuiltépetl, porque esa maestra definitivamente me decepcionó.

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