/ domingo 7 de enero de 2024

Los signos de los tiempos actuales

Al dar inicio este año 2024 deseo aligerar el peso sobre mis hombros y asumo el deber de escrutar los signos de los tiempos para interpretarlos según mi razón. Solo así podría responder de forma más acertada, por tanto, es necesario conocer, reconocer y comprender el mundo en el que vivimos. De este modo, algunas características más destacadas que puedo esbozar sobre el tema se describen a continuación en los siguientes párrafos.

El humano se encuentra en una nueva era de la historia caracterizada más por las emociones que por la razón, por los deseos individuales y colectivos como un modo de pensar y reaccionar ante las cosas y ante los mismos hombres. A partir de reconocer estos hechos, se podría hablar de una transformación social y cultural que impacte en la situación familiar.

Esta transmutación, como ha sucedido en toda crisis de crecimiento a lo largo de la historia, trae consigo dificultades, retos y desafíos. Los nuevos medios de comunicación social, cada vez más perfeccionados, contribuyen al conocimiento de las realidades y a la instantánea expansión de ideas y sentimientos, obligando al hombre a cambiar su modo de vida. Así, las relaciones del hombre con sus semejantes se vuelven cada vez más de carácter digital que personal, provocando con ello un cambio de mentalidad.

Las instituciones, las leyes, los modos de pensar y sentir heredados del pasado ya no parecen adaptarse a la actualidad, de ahí parte una grave confusión en los comportamientos y en las reglas de conducta. Todo ello exige cada día más una adhesión personal y activa de la fe para no perder el rumbo del sentido de la vida ni caer en la negación de Dios, de la religión o simplemente en prescindir de estos valores. Estos no son ya como en otro tiempo prioritario, sin embargo, ahí está la trampa, la negación de Dios se encuentra no solo expresada a nivel filosófico, sino que inspira ampliamente la literatura, las artes, la interpretación de las ciencias humanas y de la historia, así como la legislación civil, provocando con ello un sin sentido de la vida.

Todos estos cambios avanzan de forma desordenada, ya no hay verdad absoluta, todo es relativo. Estos desequilibrios provocan en el interior de la persona discrepancias en la familia, conflictos en el ser y desacuerdos en las generaciones que van dando el relevo a las nuevas generaciones.

Es casi imposible tratar de acotar los tiempos actuales, pero en realidad, “el misterio del hombre no se aclara de verdad, sino en el misterio del verbo encarnado”. La novedad es que la idea de los secretos de Dios es cercana desde hace mucho tiempo al recorrido la historia humana con sus implicaciones, y lo cierto es que sigue desplegando su misterio en el tiempo actual, inaccesible para algunos, accesible para todos.

Todo hombre abierto sinceramente a Dios, aun entre dificultades y alegrías, puede llegar a descubrir su razón de ser y afirmar el derecho de cada ser humano ante la desesperanza de la realidad del mundo actual. Jesús nos ofrece una vida con sentido en la que Dios sea y esté en todos.

No puedo quedarme tranquilo en una espera pasiva para ver qué pasa, en un intento por escrutar los signos de los tiempos. Acudo aquí, al grande “areópago” de la vida pública en la situación extrema en la que se encuentra la humanidad, y pongo de manifiesto que solo Cristo salva.


Al dar inicio este año 2024 deseo aligerar el peso sobre mis hombros y asumo el deber de escrutar los signos de los tiempos para interpretarlos según mi razón. Solo así podría responder de forma más acertada, por tanto, es necesario conocer, reconocer y comprender el mundo en el que vivimos. De este modo, algunas características más destacadas que puedo esbozar sobre el tema se describen a continuación en los siguientes párrafos.

El humano se encuentra en una nueva era de la historia caracterizada más por las emociones que por la razón, por los deseos individuales y colectivos como un modo de pensar y reaccionar ante las cosas y ante los mismos hombres. A partir de reconocer estos hechos, se podría hablar de una transformación social y cultural que impacte en la situación familiar.

Esta transmutación, como ha sucedido en toda crisis de crecimiento a lo largo de la historia, trae consigo dificultades, retos y desafíos. Los nuevos medios de comunicación social, cada vez más perfeccionados, contribuyen al conocimiento de las realidades y a la instantánea expansión de ideas y sentimientos, obligando al hombre a cambiar su modo de vida. Así, las relaciones del hombre con sus semejantes se vuelven cada vez más de carácter digital que personal, provocando con ello un cambio de mentalidad.

Las instituciones, las leyes, los modos de pensar y sentir heredados del pasado ya no parecen adaptarse a la actualidad, de ahí parte una grave confusión en los comportamientos y en las reglas de conducta. Todo ello exige cada día más una adhesión personal y activa de la fe para no perder el rumbo del sentido de la vida ni caer en la negación de Dios, de la religión o simplemente en prescindir de estos valores. Estos no son ya como en otro tiempo prioritario, sin embargo, ahí está la trampa, la negación de Dios se encuentra no solo expresada a nivel filosófico, sino que inspira ampliamente la literatura, las artes, la interpretación de las ciencias humanas y de la historia, así como la legislación civil, provocando con ello un sin sentido de la vida.

Todos estos cambios avanzan de forma desordenada, ya no hay verdad absoluta, todo es relativo. Estos desequilibrios provocan en el interior de la persona discrepancias en la familia, conflictos en el ser y desacuerdos en las generaciones que van dando el relevo a las nuevas generaciones.

Es casi imposible tratar de acotar los tiempos actuales, pero en realidad, “el misterio del hombre no se aclara de verdad, sino en el misterio del verbo encarnado”. La novedad es que la idea de los secretos de Dios es cercana desde hace mucho tiempo al recorrido la historia humana con sus implicaciones, y lo cierto es que sigue desplegando su misterio en el tiempo actual, inaccesible para algunos, accesible para todos.

Todo hombre abierto sinceramente a Dios, aun entre dificultades y alegrías, puede llegar a descubrir su razón de ser y afirmar el derecho de cada ser humano ante la desesperanza de la realidad del mundo actual. Jesús nos ofrece una vida con sentido en la que Dios sea y esté en todos.

No puedo quedarme tranquilo en una espera pasiva para ver qué pasa, en un intento por escrutar los signos de los tiempos. Acudo aquí, al grande “areópago” de la vida pública en la situación extrema en la que se encuentra la humanidad, y pongo de manifiesto que solo Cristo salva.


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